
"...Obrero metalúrgico anarquista, Silvio Astolfi, que allá por el 30 fue, sin miedos y sin nervios,a hacerle un favor, de esos que hacen los amigos de verdad, a Severino Di Giovanni, el hombre más buscado por la policía argentina.
Resulta que Severino, mientras se encargaba de poner unos bombazos del demonio a cuanto explotador y represor se le cruzaba por el camino, se había enamorado de la hermosa América, quinceañera y ácrata, para más datos. Pero los viejos de la nena, horrorizados por el noviecito intranquilo y prófugo que se había buscado, decidieron prohibirle los encuentros.
Severino le pidió al amigazo de Silvio que fingiera enamorarla, le ofreciera casorio y por ende, la rescatara de aquel hogar conservador emancipándola.
Silvio hizo los deberes de amigo. O de onda, dirían hoy mis amigos.
Se la llevó de luna de miel en un tren que iba a Mar de Ajó y cuando todos pensaban que la historia continuaría en el balneario como en las películas, América y el esposo-amigo se bajaron en la estación de Carlos Casares.
Allí esperaba, clandestino, Severino Di Giovanni, con un ramo de doscientas rosas. “Toma amigo, tu esposa”, dijo Silvio, los dejó solos y se fue con los buenos vientos.
Meses más tarde los fusiladores de Uriburu se llevaban para siempre a Severino."
Resulta que Severino, mientras se encargaba de poner unos bombazos del demonio a cuanto explotador y represor se le cruzaba por el camino, se había enamorado de la hermosa América, quinceañera y ácrata, para más datos. Pero los viejos de la nena, horrorizados por el noviecito intranquilo y prófugo que se había buscado, decidieron prohibirle los encuentros.
Severino le pidió al amigazo de Silvio que fingiera enamorarla, le ofreciera casorio y por ende, la rescatara de aquel hogar conservador emancipándola.
Silvio hizo los deberes de amigo. O de onda, dirían hoy mis amigos.
Se la llevó de luna de miel en un tren que iba a Mar de Ajó y cuando todos pensaban que la historia continuaría en el balneario como en las películas, América y el esposo-amigo se bajaron en la estación de Carlos Casares.
Allí esperaba, clandestino, Severino Di Giovanni, con un ramo de doscientas rosas. “Toma amigo, tu esposa”, dijo Silvio, los dejó solos y se fue con los buenos vientos.
Meses más tarde los fusiladores de Uriburu se llevaban para siempre a Severino."
PABLO LLONTO Revista LLEGÁS A BUENOS AIRES